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Carta a un guardia civil

  • Escrito por Redacción

CARTA-A-UN-GUARDIA-CIVIL

Poco después de las dos y media de la tarde del día 20 de septiembre de 1980, los terroristas vascos de la ETA asesinaban en la localidad de Marquina (Vizcaya), a mi buen amigo Antonio García Argente y a tres compañeros más, mientras almorzaban en un bar de aquella localidad vizcaína.

La madre de Antonio, sin saber nada del atentado, llamó al cuartel para hablar un rato  con su hijo. Por error involuntario, marcó el número de uno de los médicos del pueblo que casualmente había certificado la muerte de los guardias. Fue entonces, cuando se enteró de que su hijo acababa de ser asesinado. Antonio tenía entonces 20 años de edad y estaba destinado en la 3ª Compañía Móvil de la Comandancia de Barcelona, aunque temporalmente se encontraba en comisión de Servicio en Vizcaya. Tres cobardes hijos de puta, armados con metralletas, se dirigieron directamente a la mesa en la que comían Antonio y sus compañeros, y abrieron fuego acribillándolos con varias ráfagas que les provocaron la muerte en el acto. Tras el atentado, los grupos de izquierda y en alguna sede del PSOE brindaron con cava, mientras el funeral se celebraba casi en la clandestinidad ante el silencio cómplice de los padres de la Constitución.

Hoy querido Antonio, en el trigésimo cuarto aniversario de tu muerte quiero dedicarte y hacer público un humilde pero sentido homenaje; un homenaje de admiración y respeto con el que pretendo, que el ejemplo de tu vida y de tu muerte permanezca vivo a pesar de la traición de los que conforman “la casta” política española. Tu sangre y la de muchos otros, nunca debió ser pisoteada. Tu nombre no debe ser olvidado jamás. El sacrificio de tu propia vida, no debe ser únicamente el revulsivo que levante el estilo de lo mejor de las juventudes de España, sino también el látigo que brame sobre las conciencias de los hipócritas y los traidores.

Nunca pensé que un día tuviera que dar vida a unos párrafos para honrar tu memoria que, por fuerza, tienen que sobreponerse al dolor de la soledad en que nos dejaste aquel 20 de Septiembre de 1980, uno de los años más sangrientos de esto que llaman democracia, con 114 inocentes asesinados solamente por ser españoles.

Sabía que era mi obligación, que era mi deber, y que tú, como buen amigo, nunca me hubieras perdonado que mi pluma no te rindiera este pequeño homenaje, mientras los que fingían llorar en tu funeral te han traicionado miserablemente. Confieso que este deber me pesa como una losa, porque quizás no logre estar a la altura de las circunstancias. Son tantas las cosas que te he de decir sobre las concesiones a tus asesinos por parte de los hipócritas que gobiernan y han gobernado este país, que cada vez que se acerca esta fecha se me hiela el alma, como se me heló el aliento cuando aquel día al llegar a casa me dieron la noticia que para muchos, por desgracia, era pura rutina: “¡Han asesinado a cuatro guardias civiles en Marquina!”

Sé que en ese lugar tan especial del cielo, fuiste recibido con un inmenso abrazo por todos los españoles asesinados por el terrorismo separatista. Sabrás la profunda amargura que me produjo el no haber podido acudir en persona a darte el último adiós. Pero quizás fuese mejor, porque en el recuerdo sólo queda la imagen de aquel humilde amigo, honrado, valiente, insobornable e inasequible al desaliento que eras.

Aún recuerdo lo orgulloso que se sentía tu padre cuando su hijo fue comisionado allá donde su presencia era necesaria para evitar la ruptura; sin embargo, hoy hemos podido comprobar todos los españoles de buena voluntad, que tu sangre no ha servido para nada. Hemos podido ver con nuestros propios ojos como los que se hacen llamar “demócratas constitucionalistas” -para evitar pronunciarse como españoles-, se ciscan en tu sangre y en la de todos y cada uno de los que luchasteis por una causa tan noble como es defender la unidad de la Patria. Era todo mentira Antonio ¡Mentira! Estos hipócritas de la democracia han pactado una amnistía encubierta y han dejado en libertad a los asesinos más repugnantes y sanguinarios, en nombre  dicen, de esa libertad y de la Justicia que tú creías defender.

Siempre he pensado que Dios se lleva a los mejores. Y ante esa llamada, tú no podías fallar, aunque aquí quedaran solos pero resguardados por tu ejemplo, tus padres y hermanas. ¡Qué solos los dejaste! ¡Qué hueco tan enorme quedó en sus vidas!

Al llegar estas fechas, como cada año, sabiendo como digo de la libertad de tus asesinos, y que tú no estás entre nosotros, no he podido dejar de preguntarme: ¿De que ha servido tu sacrificio y el de tantos otros? Con esa y otras preguntas y, el triste recuerdo, solo puedo mirar hacía lo alto y musitar una oración: Antonio GARCIA ARGENTE, guardia civil sin condecoraciones, galones o estrellas, pero con la fuerza moral integra y una conducta intachable, contigo, se iba lo mejor de la Institución y, como valenciano, una parte de nuestra familia en Manises.

Sólo resta despedirme. Los tuyos ya saben que siempre me han tenido y me tienen a su lado. Desde ésta, tu España, donde gobiernan los traidores que se ciscan en tu sangre junto a los asesinos que te quitaron la vida, solo puedo decirte: ¡Hasta el cielo, Antonio!

JOSÉ L. ROMÁN

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