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Si estuviera en mi mano resucitar

  • Escrito por Redacción

abarca

José Miguel Santiago Castelo era un caballero del viejo periodismo ya desaparecido que me invitó hace veintitantos años a publicar en ABC, viéndome esa cara de necesidad que da la provincia. Llevaba la sección de Opinión y tuvo que pasar por alto “la galanura” de mis textos (Castelo empleó esa palabra disuasoria que me ha atormentado desde entonces, galanura). Con una prosa “galana”, y por tanto eminentemente provincial, no se hacía carrera en Madrid. Pero siempre me concedió un trato tan distinguido como piadoso. Supongo le caía en gracia mi ímpetu de joven que no sabe que va a fracasar.

Me mandaba cartas manuscritas en aquel papel de excelsa calidad -digno para una declaración formal de guerra- que empleaba el periódico, con el sello en relieve del águila negra del ABC. Cuando llegaba una de esas cartas del águila mi abuela creía que me escribía, con retraso de algún siglo, el Archiduque de Austria. A cambio, yo obsequiaba al Castelo bibliófilo con apolillados papeles que por casualidad habían llegado a mis manos. Lo hice feliz regalándole una extraña misiva de uno de los pioneros de la crónica deportiva en España, Jacinto Miquelarena, en la que relataba lo abrumado que se sentía por todo lo que tenía que escribir (en el 62 se tiró al metro en París). He visto estos días la noticia de la muerte prematura de Castelo. Se van apagando las luces que nos quedaban en el pasado y el camino adelante queda más y más en penumbra. Me ha venido a la cabeza, no sé por qué, su vozarrón repujado resonando, a partir de ahora, dentro de un panteón. “Pasaaaa”, gritaba siempre desde el fondo de su despacho. “Pasaaaa”, seguirá gritando, de alguna forma, desde donde esté: las naturalezas excesivas como la suya, al cesar sus constantes vitales, se desvanecen poco a poco.

Era un hombre declamatorio y con una coquetería muy del siglo XIX. Cada vez que yo llegaba a Madrid me convocaba en la taberna “La Dolores”, detrás del Palace, a tomar vermut, y luego me llevaba a meternos unos servicios de cocido madrileño completo que yo tenía que comer por mí y por todos los que él se quejaba de que “no le comían” (que era casi peor que no le bebieran). “No me comes nada, tú tampoco, canalla”, decía acercándoseme amenazador, convocando al mundo entero a que contemplase tamaña desgracia y como si hiciera gestos al palco de las autoridades. Yo, apurado, trataba de hacer rodar rápidamente los garbanzos hasta mi estómago como si fuese una de esas perdices llenas de bolitas de plomo que venden enlatadas en Albacete. Luego, con el tocino y la oreja todavía en la garganta se levantaba de un tirón -con protocolo chino, sin postre ni nada- a pedir un taxi que nos llevara eructando discretamente hacia el periódico.

La última vez que hablé con él yo había conseguido, con una sola frase desdichada que me sopló al oído el demonio de la perversidad, que me indicaran la puerta de salida del ABC. Trataba de volver por la puerta de servicio. “Que sepas que en esta casa se te quiere y se te admira, pero no te puedo ayudar”, me dijo Castelo. Ahora soy yo el que no lo puede ayudar, para que vuelva de ese lugar que él describía con su poema preferido de Foxá:

“…que he de marchar yo solo hacia el abismo

y que la luna brillará lo mismo

y ya no la veré desde mi caja”.

Pero de tanto como me favoreció, resucitarlo es lo mínimo que le debo para cancelar parte de mi deuda.

Por José Antonio Martínez-Abarca

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