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Sobre los “esclavos” del Valle de los Caídos

  • Escrito por Redacción

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Es verdaderamente preocupante, escandaloso y aberrante, como los herederos de los vencidos de 1939, al cabo de, nada más y nada menos, treinta y siete años de la aprobación de la Constitución (6 de diciembre de 1978), se dediquen incumpliendo las promesas que manifestaron, a “olvidar el pasado y establecer la reconciliación, la concordia y la convivencia definitiva entre todos los españoles”.

Es verdaderamente preocupante, escandaloso y aberrante, como los herederos de los vencidos de 1939, al cabo de, nada más y nada menos, treinta y siete años de la aprobación de la Constitución (6 de diciembre de 1978), se dediquen, incumpliendo las promesas que manifestaron –una vez que hicieran el infame e indigno haraquiri las Cortes franquistas– de “olvidar el pasado y establecer la reconciliación, la concordia y la convivencia definitiva entre todos los españoles”, están dedicándose a la violación consciente y programada de la Historia de España, en especial de la más reciente (II República, Guerra Civil, Época de Franco y Transición) por orden de las directrices históricas pactada por comunistas, socialistas, nacionalista y con la sospechosa colaboración por parte de la ignorancia, la falta de vergüenza, de escrúpulos, de engaño y de la cobardía de un gran sector de la derecha.

Y así, no es de extrañar que desde hace tanto tiempo, esta valiente “tropa” al ver que ya “no tenían peligro alguno” y que en este país (antes llamado España) valía todo contra el oprobioso régimen “fascista” anterior, han organizado unas orquestadas campañas de desprestigio, de falsedades, tergiversaciones, odio y revanchismo, llevadas a cabo por los denominados “historiadores”, que con un aluvión de libelos escritos, no con tinta sino con bilis, están invadiendo el mercado, secundados en esta tarea por los medios escritos “independientes”, radios y televisiones públicas y privadas, coloquios, conferencias, tertulias y congresos en los que intervienen solamente los de la camada perdedora en nuestra Cruzada de Liberación, proclamando hoy al bando “rojo-democrático” como los ganadores.

En los libros, mayoritariamente auténticos panfletos, los temas “ofertados” son, entre otros, los siguientes: los esclavos de Franco, el exilio de los que huyeron por miedo a la represión franquista, los campos de concentración, la España carcelaria de Franco, las fosas (no precisamente las de Paracuellos), los niños perdidos del franquismo, los expolios e incautaciones, etc., etc.

Los “esclavos” en la construcción del Valle de los Caídos

Uno de los asuntos recurrentes y que les proporciona bastante juego, es el de los “esclavos” que contribuyeron a la construcción del Monumento de Santa Cruz del Valle de los Caídos, y que eran “presos políticos” a los que obligaban a trabajar en la obra, en pésimas condiciones, maltratados, mal comidos, vigilados sañudamente, sin ninguna contraprestación, disponiendo así de una mano de obra gratuita, o sea, como auténticos esclavos… Un tal Isaías Lafuente, un niñato de 38 años –cuando falleció Franco, contaba 11 años– se atrevió a escribir en el año 2002, un bodrio titulado “Esclavos por la patria”:

«Para muchos españoles el horror de la guerra civil no acabó el 1 de abril de 1939. Ese día no llegó la paz, sino la victoria; es decir, la venganza de los vencedores, la persecución y el arresto sistemático de cuantos pudieran ser catalogados como opositores al régimen. Las cárceles se vieron pronto abarrotadas en un país que, a consecuencia de la guerra, podía considerarse todo él “zona devastada”. Franco aprovechó la situación para convertir a los reclusos en trabajadores forzados sobre los que recayó el sacrificio de reconstruir pueblos, hacer pantanos, trazar líneas férreas, explotar minas o erigir el monumento más emblemático de la dictadura: el Valle de los Caídos. Para los presos fue un tiempo de dolor y vejaciones sin límite. Para el régimen y sus afectos, un negocio redondo».

Por un decreto de 1 de abril de 1940 se puso en marcha la construcción de un templo en el lugar denominado Risco de la Nava, en el término municipal de San Lorenzo de El Escorial, a unos 58 kilómetros de Madrid. Se trataba del monumento dedicado a los Caídos en la contienda española de 1936-1939.

En la primavera de 1939, Franco y Moscardó descendían por la sierra de Guadarrama. El Caudillo, al terminar la guerra había confiado al héroe del Alcázar un proyecto que abrigaba desde hacía tiempo: la construcción de una cripta que albergaría a los caídos de ambos bandos, unidos bajo una monumental Cruz. Desde una cresta contemplaron el valle donde se alzaba el peñasco que los lugareños llamaban Altar Mayor. Franco dijo: “Este es el sitio”. Pero poco después vieron, más a la derecha, un macizo rocoso estilizado e imponente. El Generalísimo fue terminante: “Esto es lo que soñaba”. El valle se llamaba Cuelgamuros y el macizo, Risco de la Nava.

Los trabajos de la erección del monumento, los inició Pedro de Muguruza, director general de Arquitectura, pero por enfermedad le sustituyó en 1950, Diego Méndez González, arquitecto de la Casa Civil y restaurador de los palacios reales.

Además de la cripta-basílica y la Cruz, el plan de construcción incluyó la abadía, el seminario-noviciado, la hostelería y el Centro de Estudios Sociales. En el año 1951 comenzó la construcción de la gran Cruz, que mide 150 metros de altura y tiene dos bases sucesivas: en la superior, de 25 metros, están las esculturas de las Virtudes Cardinales, y en la otra, de 42 metros, se encuentran los cuatro evangelistas. Las imponentes esculturas son de Juan de Avalos. La Cruz se levantó subiendo los bloques con montacargas, y se resolvieron perfectamente los problemas del brazo horizontal, un crucero de 46 metros por cuyo pasillo interior podía circular simultáneamente dos automóviles.
Franco iba varias veces al año a visitar las obras con el arquitecto y el escultor.

Costo de la obra

También sobre lo que costó la obra, han especulado mucho los “demócratas de toda la vida”, falseando a conciencia las cifras.

El costo total de la obra fue de 1.086.460.331,89 pesetas. Estos datos están recogidos del libro “La verdadera historia del Valle de los Caídos” de Daniel Sueiro, por cierto nada sospechoso de franquista, en donde viene reflejado, apartado por apartado, el costo de las distintas partes de la monumental obra.

Ante los maliciosos comentarios del “derroche” y “despilfarro” que suponía aquella obra, pasamos a explicar cómo se sufragó. En plena guerra civil, al carecer el gobierno de la zona nacional de oro y reservas, –ya que estaban en el Banco de España de Madrid y la práctica totalidad del oro almacenado se envió a Moscú y a París, “gracias” al presidente de la República, Manuel Azaña Díaz, al presidente del Gobierno y ministro de Guerra, Francisco Largo Caballero, al ministro de Hacienda, el doctor Juan Negrín López y al ministro de Marina y Aire, el socialista Indalecio Prieto Tuero, responsables del vergonzoso expolio, que según frase de Alexander Orlov, funcionario soviético de la NKVD, “fue el mayor atraco de la historia”– se pidió voluntariamente al pueblo que entregara todo el oro posible para constituir una reserva para casos de urgencia. Se recogió anillos de boda, medallas y objetos varios, por un valor de 235 millones de pesetas, dinero que sirvió para iniciar la construcción del Valle de los Caídos. De esa forma, y según unas declaraciones efectuadas en 1957 por el arquitecto Diego Méndez, “no le ha costado nada al contribuyente español, ni le ha costado nada al Estado español”.

El dinero preciso para tamaña empresa también se debe al Caudillo. Durante la guerra recibió donativos múltiples, y a veces muy crecidos, de personas adictas. Lo que no hubo que emplear en cañones lo guardó celosamente, destinándolo in mente a la futura realización de ese “algo” digno de los Caídos. De modo que el coste no gravitó sobre la economía del país. Una vez agotadas las mencionadas ayudas, el octubre de 1952 el Gobierno acordó, a iniciativa del propio Franco, efectuar un sorteo extraordinario de la Lotería Nacional, que se celebraría todos los días 5 de mayo, y cuyos beneficios se pondrían a disposición del Consejo de Obras del Monumento.

Ante las críticas recibidas por países extranjeros, sobre todo los estadounidenses, podemos decir, que un avión de bombardeo, conocido como fortaleza volante, y que fue utilizado para destruir ciudades alemanas, tenía un coste de 1.500 millones de pesetas, y como sea que de este tipo de avión se construyeron centenares y que años más tarde fueron convertidos en chatarra, no es de recibo esta reprobación, máximo comparando los fines bélicos americanos con la obra emblemática del Valle de los Caídos.

Brigadas de obreros

Según versión actual propagada por los pseudo historiadores izquierdistas, fueron los “esclavos de Franco”… Para ejecutar la obra se adoptó el procedimiento de adjudicaciones parciales a diversas empresas, tales como Huarte, Molán, Banús, San Román, etc. siendo contratadas libremente las brigadas de obreros por las propias empresas constructoras. Además también se contrataron como obreros a algunos prisioneros, que lo solicitaron libremente, los cuales además de recibir su jornal igual al resto de los trabajadores, redimían penas derivadas de actuaciones penales durante la guerra: por cada día de trabajo redimían dos de su condena. En las inmediaciones de la obra se construyó un poblado para los trabajadores. Los presos participaron exclusivamente en la explanación de la carretera, nunca en la obra monumental que exigía, como es lógico, personal especializado.

Eran hombres que habían cometido delitos durante la guerra como participar en asesinatos en la retaguardia, robos, violencias denunciadas, probadas y juzgadas por los Tribunales. Algunos tenían incluso condenas a muerte que fueron conmutadas por Franco. Contra lo que se viene repitiendo por los revanchistas, mediante nauseabundos y vergonzosos libelos, de que la obra del Valle de los Caídos fue hecha con mano de obra forzada, esto se desmiente radicalmente. Pero en plan de hacer comparaciones, lo hicieron los aliados vencedores en la II Guerra Mundial con los nueve millones de prisioneros alemanes, a los cuales los utilizaron como forzados en Inglaterra, Francia y Canadá, actuando de esa forma contra los convenios de Ginebra.

Así pues, y según Miguel Jiménez Marrero, en su importante y documentado libro “Crónica de medio siglo. 1939-1961”, tomo II, deja constancia de que:

“en la construcción del Valle de los Caídos trabajaron, junto a los trabajadores contratados, determinado número de presos por diversas causas, que cobraban un salario idéntico al del resto del personal, sirviéndoles el tiempo trabajado, para acogerse a la reducción de penas por el trabajo, que daría por resultado, que en el transcurso de la construcción, y al finalizar ésta, fueron muchos los presos que consiguieron la libertad”.

El coste en vidas humanas de los hombres, que entregaron su trabajo a las varias empresas de muy diferente entidad a lo largo de casi veinte años, según el arquitecto Diego Méndez, no se produjeron más que cuatro accidentes mortales: “Parva, aunque dolorosa contribución a una empresa que requirió millares de brazos y millares de jornadas de dura brega”. Otras fuentes consultadas elevaron la cifra de muertos entre catorce y dieciocho. Merece la pena dejar constancia que durante la construcción de la Cruz no se registró ni un solo accidente.

Cuenta Daniel Sueiro en su libro “La verdadera historia del Valle de los Caídos”, que los barreneros ganaban trescientas cuarenta y cinco pesetas a la semana. La mitad de lo cobrado iba destinado a las familias. Poseían vivienda en el poblado. Hacia 1950 los presos fueron sustituidos por obreros libremente contratados para terminar las obras. Algunos se quedaron allí, como tales obreros.

Cuando visitaba el Generalísimo las obras, los trabajadores recibían una gratificación.

Traslado de los restos mortales de José Antonio

Traslado de los restos de Jose Antonio del Escorial al Valle de los CaídosTraslado de los restos de Jose Antonio del Escorial al Valle de los Caídos

A finales de marzo de 1959, desde el Monasterio de El Escorial, y previo obtener el permiso de la familia Primo de Rivera, fueron trasladados a la Santa Cruz del Valle de los Caídos, los restos mortales del fundador de la Falange, José Antonio.

La ceremonia fue acompañada por un impresionante cortejo, con amplia representación del Gobierno, falangistas llegados de toda España y una multitud que abarrotó la inmensa nave del templo.

Inauguración del Monumento del Valle de los Caídos

El primero de abril de 1959, fue inaugurado oficialmente el gigantesco templo-monumento, en un acto que trascendió el ámbito nacional, pues fueron incontables los representantes de la prensa, radio y televisión extranjera, que no perdieron detalle sobre tan histórico acontecimiento, tomando buena nota, no sólo del acto inaugural, sino de los detalles de tan impresionante obra. El corresponsal en Madrid del “New York Times”, escribió: “Franco ofreció el ramo de olivo de la paz a los millones de españoles que entre 1936 y 1939 lucharon al lado del Gobierno republicano vencido”. En la ceremonia estuvieron presentes, el Gobierno en pleno, presidido por el Generalísimo, las más altas autoridades militares, eclesiásticas, Colegios Profesionales, Sindicatos, etc. y una inmensa multitud que no quería faltar a tan memorable acontecimiento.

El enorme templo puede acoger a 24.000 personas, lo que le hace ser la nave más grande del mundo. Se solicitó de Roma que concediera la categoría basilical. El Papa Juan XXIII exigió que para conceder este carácter de Basílica, la dedicación fuera a los muertos de ambos bandos. El 13 de abril de 1960 se recibió en el Valle de los Caídos un telegrama del prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos, cardenal Cicognani, dirigido a don Justo Pérez de Urbel (religioso benedictino y abad mitrado de la abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos), en el que se le comunicaba que le había sido concedido el título de Basílica a la Iglesia Cripta de la Abadía. Allí reposan los restos de 70.000 combatientes de los dos bandos, llevados con autorización expresa de sus familiares.

El 9 de junio de 1959 en conversación mantenida por el Caudillo con su primo hermano Francisco Franco-Salgado Araujo y ante las quejas formuladas por algunos porque se aceptase también a los católicos muertos en el Ejército rojo, dijo:

“Hubo muchos en el bando rojo que lucharon porque creían cumplir un deber con la República, y otros por haber sido movilizados forzosamente. El monumento no se hizo para seguir dividiendo a los españoles en dos bandos irreconciliables. Se hizo, y ésta fue siempre mi intención, como recuerdo de una victoria sobre el comunismo que trataba de dominar a España. Así se justifica mi deseo de que se pueda enterrar a los caídos católicos de ambos bandos”.

A las dos y diez de la tarde del domingo 23 de noviembre de 1975, los restos mortales de Francisco Franco Bahamonde llegaban a su morada última, bajo la gran Cruz de reconciliación del Valle de los Caídos. Era el fin cronológico de cuarenta años de Historia de España que permanecen vivos entre los riscos de Cuelgamuros. El Valle de los Caídos entraba, definitivamente, en las páginas del libro de la Historia.

Luis López Anglada en “40 años en la vida de España”, escribió:

«Sí, Este es el Valle de Todos, como lo llamó el poeta. No es el sepulcro de los rojos ni de los azules, ni, como algunos han pretendido, el faraónico monumento del Caudillo. Es la gran Cruz de una guerra que no desencadenaron ni unos militares ni una sola generación, sino las sucesivas generaciones que no supieron traer a España la justicia social, que dividieron a las clases, que cegaron a los poderosos y envenenaron a los humildes. Es el Valle de la gran Cruz que hay que evitar que vuelva a tener que alzarse sobre los hijos y los nietos de aquellos que descansan bajo sus brazos. Ante esta Basílica, ante estos muertos de la guerra de 1936, de la gran Cruzada de Liberación de todos los males de nuestra Patria, dejemos escritos estos versos:

Aquí están. Eran hombres y tenían
la vida por delante y tan hermosa
que España era a sus pies como una rosa
o como un leño al fuego en el que ardían…

Lucharon como torres que caían
para llegar al cielo y, poderosa,
la guerra les fue dando, fosa a fosa,
razón para saber por qué morían.

Y sucede que, al fin, todos iguales
están bajo esta roca, horizontales,
dándole peso y sombra a la montaña.

Y aquí, sobre el silencio de los muertos,
los brazos de la Cruz están abiertos
como clamando al cielo por España.

Por Eduardo Palomar Baró

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