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Arte, blasfemia y libertad de expresión

  • Escrito por Redacción

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"Esta patulea de corifeos valentones se ha dedicado a asestar lanzadas a moro muerto para gozar del aplauso del mundo"

Juan Manuel de Prada

Ya hemos analizado el concepto nihilista de «libertad de expresión» que postula nuestra época, fruto de la conversión de la democracia –loable forma de gobierno– en una religión demente que subvierte cualquier principio moral. Por «libertad de expresión», según este culto religioso degenerado, se entiende una libertad para dañar, injuriar, ultrajar, ofender y blasfemar que el Estado debe proteger y hasta fomentar, de tal modo que los dañados, injuriados, ultrajados y ofendidos se jodan y se aguanten, del mismo modo que se jode y se aguanta Dios, contra el que esta «libertad de expresión» permite blasfemar. Porque para la religión democrática no existe otro dios sino ella misma, ni otros dogmas que los que ella postula; y cualquier otro culto religioso puede ser (¡oh generosidad suma!) tolerado, como se tolera ser fan de Spiderman o de Messi, sin que ello obste para que tal culto pueda ser escarnecido, sus adeptos vilipendiados y su Dios arrastrado por el fango y rebozado de mierda. Así había funcionado, tan campante y risueña, esta «libertad de expresión» durante décadas, haciendo de Dios el payaso de las bofetadas de las misas negras democráticas; pero la irrupción del islamismo ha obligado a tentarse la ropa a los pontífices de la religión democrática.

Y, entretanto, una patulea de pintamonas, juntaletras y caricatos (corifeos de la religión democrática) que nos venden sus esputos como «arte» reclaman su derecho a blasfemar, alegando que el arte es por naturaleza transgresor. Pero ni las birrias de esta patulea son arte ni sus blasfemias son transgresión, por la sencilla razón de que, para que exista transgresión, el artista tiene que revolverse contra una estructura de poder. Y lo que ha hecho durante décadas esta patulea es exactamente lo contrario: no se han revuelto contra una estructura de poder, sino que se han dedicado a dañar, injuriar, ultrajar y ofender impunemente a gente desvalida, y a blasfemar contra Dios, prevaliéndose de una estructura de poder que protege a los ofensores y deja inermes a las víctimas. Esta patulea de pintamonas, juntaletras y caricatos que, al amparo de la religión democrática, ofenden y blasfeman no son transgresores ni parecidas pamplinas, sino aprovechadillos que sacan tajada de sus aspavientos y exabruptos. Pues el auténtico transgresor es una “voz que clama en el desierto”, cuyas osadías sólo le granjean (quien lo probó lo sabe) malquerencias, persecución y oprobio; el auténtico transgresor no es hoy quien blasfema contra Dios, sino el que se atreve a poner en solfa los dogmas sobre los que se asienta la religión democrática, de la que esta patulea son corifeos.

Esta patulea de corifeos valentones se ha dedicado, al amparo de la religión democrática, a asestar lanzadas a moro muerto, para gozar del aplauso del mundo (y de su paga). Y así, acostumbrados a que los cristianos se jodiesen y aguantasen, un día se equivocaron y le asestaron una lanzada… a un moro vivo. Y ahora tiemblan porque el moro vivo está dispuesto a castigar a tiros las birrias que llaman «arte», sin importarle derramar de paso sangre inocente. Pero el dolor que nos provoca la sangre inocente no debe llevarnos a apoyar a esta patulea de pintamonas, juntaletras y caricatos; pues ellos y el moro vivo al que han enardecido son el anverso y el reverso de una misma moneda. La «libertad de expresión» nihilista, como la religión democrática que la ampara, es un culto aberrante que alimenta –como la gasolina alimenta el fuego– el culto aberrante del islamismo. La gente razonable (¡y verdaderamente transgresora!) debe repudiar por igual uno y otro culto por ser ambos taras de la razón; y recordar que nadie es menos indicado para combatir el islamismo que los corifeos de la religión democrática.

© Abc

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