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La Guardia Civil: recuerdo y homenaje

  • Escrito por Pablo Mosquera

sansomendi

El día que me llamó el entonces Teniente Coronel, Emiliano Gimeno, al acuartelamiento de la Benemérita en el barrio vitoriano de Sansomendi, no sabía la razón o pensaba que una vez más, algún comando de ETA estaba preparando un atentado contra mi persona.

Por aquellos años, en una Euskadi de plomo, me había convertido en objetivo compulsivo para los dirigentes de ETA, ya que mis planteamientos eran perversos contra la construcción nacional del Estado vasco. Tal como rezaba uno de aquellos comics- de los que siempre fui inventor y autor intelectual-, la Euskadi nacionalista tenía cuatro patas: Vizcaya, Guipúzcoa, Navarra y Álava.

Navarra se la habían arrebatado nuestros colegas Foralistas de UPN. Álava, con Unidad Alavesa, pretendía sacar al Territorio con Derechos Históricos y Forales, de la nación de los vasquitos y nesquitas, para convertirla en una Comunidad Foral del Estado español de las Autonomías. "No hay ninguna mesa que se sostenga en tan sólo dos patas". Tal pretensión me condenó a muerte al declararme enemigo de Euskal Herría -pueblo vasco-.    

Al llegar con mis escoltas y coche oficial al recinto de Sansomendi, no tuve ninguna dificultad para entrar. Era sobradamente conocido por mis asiduas visitas. Llegué hasta el bar de jefes y oficiales, y allí estaba aquel aragonés recio y directo que mostraba las dos estrellas de Teniente Coronel. Con gesto serio me rogó que le acompañara a su despacho. Aquello tenía pinta de grave, podía ser hasta una reprimenda por haber hecho algo contrario a las ordenanzas o a la confianza depositada en mi persona. Se puso frente a mí y sacó un objeto de un estuche. Me impuso en la solapa de mi americana, la insignia de oro de la Guardia Civil, y pronunció aquellas palabras que nunca olvidaré. “Espero que la lleves con honor".   Y me dio un fuerte abrazo. "Esto es por tus méritos, a petición mía".

Volvimos al bar dónde tantas veces me reunía con aquellos hombres que servían a España. Recordaba, tantos momentos buenos y malos, especialmente dos. El día que asesinaron a Fernando Buesa, con la explosión de un coche bomba, cerca de mi casa. El ruido y la columna de humo negro me indicó de lo que se trataba. Desde una de mis terrazas y tras ver el panorama que suponía un atentado en el campus universitario alavés, llamé a Emiliano Gimeno para darle la novedad con toda suerte de detalles. Me dijo que me dirigiera al lugar y que allí nos encontraríamos. Así lo hice, sin escoltas, con mi propia arma. Se trataba de llegar y conocer los pormenores de lo que iba a ser el asesinato de Buesa y mi escolta habitual Jorge Díaz Elorza. Por cierto, tras el macabro encuentro, me tocó darle la noticia a los padres de Jorge, que vivían en la misma calle que yo.

Otra vez, se produce el atentado contra el subteniente Parada. Gallego y amigo personal de Gimeno. Acompañé a mi amigo Emiliano al recinto hospitalario dónde estaba el cuerpo del guardia. Uno más. Pero esta vez, nos propusimos y logramos que no fuera como otras. Las exequias se celebraron en la iglesia central de Vitoria -Las Desamparadas- con toda la gente de uniforme, sacando el féretro a hombros, y a propuesta de UA, se le dedicó una plaza de Vitoria, en el barrio de Lakua, en su memoria. 

Nunca olvidaremos, tanto mi hijo Antón, como yo mismo, un operativo de la Guardia Civil en Vitoria, que logra detener a un informador del comando de ETA que estaba en Vitoria, con su lista de atentados, entre los que -como de costumbre- estaba yo. Esta vez la "ekintza" iba a tener lugar a la salida de mi domicilio. Un capitán del servicio de información, amigo mío, me llama y me pone al corriente, no debo salir de mi domicilio hasta que me autoricen. Me ofrezco para actuar como señuelo. No se autoriza. Cuando me dicen que salga, con mis escoltas de la policía vasca -berrozis- lo hago, muy temprano y con dirección a mi pueblo de la costa en Galicia, lugar habitual autorizado como piso de seguridad. Detienen a parte del comando. Pero les quedan dudas, por lo que no puedo regresar. Comunico a mis escoltas cuál es la situación. Pero también los dirigentes de Interior del Gobierno Vasco saben del comando. Tengo una fortísima discusión con un político del PNV, responsable de Interior. Me acusa de deslealtad, por no haberlo puesto, desde el primer momento, en su conocimiento- ni me debía, ni aceptaba órdenes del Gobierno Vasco-. Y me retira la escolta, ordenándoles regresar a Vitoria. Todo concluye con éxito, ya que capturan a todo el comando y me autorizan para regresar. En la frontera de Alava, me espera la escolta, que me acompaña hasta mi domicilio. Luego mis amigos de la Benemérita me informan: habían colocado un explosivo en el subsuelo del trayecto que debía recorrer para salir de mi domicilio. Evidentemente, las pesquisas logran saberlo y retirarlo.

Puedo relatar un sinfín de momentos en los que el trabajo de la Guardia Civil protege mi vida y la de los míos. Había una relación muy especial. Incluso con actitudes por ambas partes, fuera del contexto de lo que podía ser políticamente correcto. Tengo que señalar que la amistad de Gimeno me salvo la vida varias veces. Que hubo de enfrentarse con el Delegado del Gobierno del PP, quien no toleraba las informaciones que Guardia Civil y Pablo Mosquera compartíamos. Aquello supuso enormes dificultades para el ascenso a Coronel de mi amigo, quedando disponible hasta que finalmente le dieron la jefatura en Navarra, dónde una vez más, desarrolló un magnífico trabajo.  

Mi capacidad para controlar espectáculos deportivos públicos permitió que los servicios de información pudieran trabajar entre grupos radicales. Lo mismo podría afirmar sobre espacios relacionados con mi capacidad como responsable foral de la Juventud. Fueron actividades en las que los resultados, de alguna manera, salvaron vidas humanas que de otra forma el denominado "Comando Alava" habría segado.

Estoy en disposición de asegurar que la paz llegó a Euskadi, en buena parte, gracias al trabajo continuo, arriesgado y metódico de los servicios operativos de la Guardia Civil, que dejaron numerosas víctimas por el camino, y que en cierta manera nunca fueron suficientemente señalados como los grandes héroes de una lucha por los derechos fundamentales en un pequeño país de algo más de dos millones de habitantes, con un gravísimo conflicto, en el que siempre mataban los mismos y siempre morían los mismos.

Me tocó vivir muy cerca de aquellos hombres y sus familias. La austeridad y el sacrificio de sus historias profesionales. La disponibilidad para todo momento, sin horarios, sin quejas. En algunos momentos, con mucha menos capacidad de "herramientas" que las que disponían ETA o la policía vasca, pero con una entrega y un valor que sólo los mejores paisanos españoles pueden ofrecer.

Si el Duque de Alba estaba orgulloso de los Tercios de Flandes, en aquel momento histórico del Imperio, los que hemos tenido el honor de trabajar, codo con codo con la Guardia Civil,  por la libertad, nos sentimos orgullosos de su labor.

Cada año, al llegar la "Pilarica" y acudir a celebrarla en algún lugar donde lo hacen mis hermanos de la Benemérita, siempre tengo en mi mente el recuerdo de aquellos años en el País Vasco, cuando nuestras vidas estaban en peligro y al servicio de la dignidad de ser españoles.    

Sirva este artículo, como una pequeña muestra objetiva del sentimiento que me embarga cada vez que veo una patrulla de la Guardia Civil, o visito, con motivo de su Patrona, una de sus sedes.

Pablo Mosquera

LA TRIBUNA DEL PAIS VASCO  - 9/10/2016

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