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1936-1939: el terror rojo y la Guardia Civil en la provincia de Badajoz

  • Escrito por Redacción

Angel David Martin Rubio

Si ya en los años que siguieron a la implantación de la República, la Guardia Civil fue objetivo preferente de las actividades subversivas organizadas por los diversos sectores revolucionarios en la provincia de Badajoz, una vez iniciado el Alzamiento, era previsible una mayor radicalidad en el enfrentamiento.

Sin embargo, la forma en que se desarrollaron los acontecimientos, iba a incidir de manera positiva para que la inmensa mayoría de los guardias que prestaban servicio en la Provincia, pudieran incorporarse a zona nacional. Ello no impidió que algunos guardias civiles fueran hechos prisioneros y asesinados y a ellos se suma un grupo de retirados que se cuentan entre las víctimas de las numerosas matanzas que se prodigaron en la zona.

Además, y aunque no son objeto de este artículo, también se produjeron algunas muertes en los enfrentamientos armados que jalonaron los episodios de la sublevación, las campañas militares y los enfrentamientos con partidas de huidos.

Un primer balance nos lleva a estimar la aportación de sangre de la Guardia Civil en la provincia de Badajoz en los siguientes términos a partir de los casos que hemos logrado identificar en las fuentes disponibles. Los nombres y demás referencias documentales de todo lo aquí expuesto pueden comprobarse en nuestra Tesis Doctoral (Conflicto socio-político y violencia en la provincia de Badajoz, 1931-1939: “Bajo el signo de la revolución”) defendida en la Universidad San Pablo-CEU de Madrid el 29 de octubre de 2010.

muertos-badajoz

En zona nacional, tenemos noticia del fusilamiento del comandante de la Guardia Civil de Badajoz José Vega Cornejo y de su hijo el teniente José Vega Rodríguez; de otro que aparece como guardia civil en las ejecuciones de sentencias de consejos de guerra de 1941 y de tres guardias retirados en otras tantas poblaciones.

El primer guardia civil muerto en la provincia de Badajoz en los preludios de la guerra, lo fue en unas circunstancias que hacen difícil precisar si se le puede considerar propiamente víctima de la represión o muerto al repeler la agresión de un grupo de revolucionarios. Nos referimos a Francisco Grajera Martínez, del puesto de Monesterio, donde cayó acribillado el 19 de julio de 1936 frente a un grupo de revolucionarios que tenían la intención de obtener armas y que, a su vez, sufrieron dos bajas.

Acerca de la muerte del cabo Juan Sequera Alfonso ocurrida en Magacela el 28 de julio, disponemos de un testimonio excepcional ya que fue presenciada por alguien que pasó poco después a zona nacional y relató así lo sucedido. El Guardia había estado de puesto en el pueblo y volvió a recoger a su familia para llevársela al punto de su nuevo destino:

«Tenían los rojos preso a un cabo de la Guardia Civil que, desarmado desde los primeros momentos de la revuelta, no había podido tener intervención de ninguna clase en ella. Estaba preso con su mujer y cuatro hijos, el mayor de unos seis años. Llegaron varios comunistas de otros pueblos y al enterarse de que estaba preso decidieron fusilarle. Fue inútil que los de Magacela intercedieran por él y que yo mismo hiciera ver a los forasteros la crueldad de aquella acción con un hombre que no había disparado un tiro contra los “camaradas”. Fueron por él a la cárcel y le condujeron hacia las afueras del pueblo. Seguían al infeliz su mujer y sus cuatro hijos. Las criaturas, espantadas ante el peligro que por instinto comprendían, lloraban desconsoladamente. La mujer, a gritos, pedía a los forajidos que no mataran a su marido, que era un hombre de bien y no había hecho nada. Delante de sus hijos y de su esposa aquel mártir cayó muerto de numerosos balazos que le destrozaron la cabeza» (Diario de Huelva, Huelva, 14-agosto-1936).

El último día del mes de julio fue asesinado uno de los guardias que formaban parte de una expedición que había salido de Badajoz con la pretensión por parte de las autoridades revolucionarias de que se incorporasen a la defensa de Madrid. Al llegar a la Estación de Medellín, abandonaron el tren y formaron una comitiva integrada por los guardias y sus familias con la intención de incorporarse a zona nacional recorriendo a pie la distancia que les separaba de Miajadas (Cáceres). Aunque fue fácilmente superado, el único obstáculo se encontró en el histórico puente sobre el Guadiana donde quedó malherido el guardia Luis Mendo Núñez, que se encontraba enfermo e impedido de seguir la marcha. Los milicianos lo remataron y llevaron su cadáver a las puertas de la iglesia de Santa Cecilia para impresionar a los que allí se encontraban detenidos.

Otros dos guardias que formaban parte de esta expedición, se bajaron del tren en Aljucén con la esperanza de poder pasar por sus propios medios a zona nacional. Se trataba de Francisco Barrera Vizcaíno y Fabián Otero Guerra. Ambos fueron hechos prisioneros por las patrullas que merodeaban por la zona y conducidos a Mérida. Los asesinaron el 6 de agosto en la carretera que conduce a Valverde de Mérida: después de martirizarles con palos y armas blancas, fracturándole a uno de ellos un pie, los remataron a tiros de fusil.

El rápido avance de las columnas nacionales que habían partido de Sevilla, causó gran alarma en la capital pacense y, además, en la noche del 5 de agosto llegaron, derrotadas las fuerzas enviadas para enfrentarse con ellas. Estas milicias intentaron asaltar la cárcel de Badajoz para asesinar a los detenidos, hecho que fue evitado por la decidida intervención del director de la prisión Miguel Pérez Blasco y de una sección de guardias de asalto mandada por el teniente Fernando Acosta que hicieron frente durante varias horas a los atacantes. Al día siguiente, el teniente Acosta llegó al Cuartel de la Guardia Civil y, de acuerdo con el Teniente jefe de la Línea de Fregenal de la Sierra, cuyos efectivos habían sido concentrados en Badajoz y con el capitán del Cuerpo don Justo Pérez Almendros, se declararon sublevados. La situación llegó a ser muy crítica pero, ante la dureza del asedio y el retraso en la llegada de las columnas nacionales que todos habían creído más cercanas, los sublevados se entregaron a las autoridades locales el 7 de agosto. Ese mismo día, el citado capitán Pérez Almendros -preso como los demás- logró escapar haciéndose pasar por miliciano, pero se dieron cuenta de su fuga, le persiguieron y le dieron alcance en el lugar denominado “Malos Caminos”, donde le asesinaron.

En la madrugada del 29 de agosto fueron sacados del Depósito Municipal de Jerez de los Caballeros, dos guardias civiles procedentes del puesto de Cumbres Mayores (Huelva) donde habían sido hechos prisioneros al ocupar la localidad las milicias frentepopulistas: el alférez Francisco Alba Moreno y el cabo Luis Díaz Alvarado. Junto a otros tres vecinos de Burguillos del Cerro, los condujeron al lugar conocido como “Arroyo del Pontón” en la carretera que une ambas localidades pacenses, donde fueron asesinados. El lugar fue escenario de numerosos crímenes a lo largo del mes de agosto, cometidos en circunstancias de especial encarnizamiento.

Por orden del Comité de Fregenal de la Sierra, el guardia civil Fernando Rastrollo González que había estado concentrado en esta población, fue detenido el 10 de septiembre y entregado a unos milicianos de Valencia del Ventoso que le asesinaron a orillas del río Ardila, en la carretera que enlaza con la de Zafra, el 12 de septiembre de 1936. Le enterraron vivo hasta la cintura e hicieron numerosas descargas, apareciendo destrozado el cadáver.

En el contexto de la Batalla de Peñarroya, ya en los últimos estertores del conflicto, el Ejército Popular ocupó por unos días la localidad de Peraleda del Zaucejo, limítrofe con el frente cordobés. Con ese motivo, el 7 de enero de 1939 en el sitio denominado “Facunda” fueron asesinados tres guardias civiles (Antonio Barragán Platero, José Pérez Costa y Nazario Prado Ramos), pudiendo escapar el Cabo cuando lo llevaban a fusilar, en “Fuente Sancha” el vecino de Castuera Manuel Caballero Morillo y a la salida del pueblo en el Camino de Los Blázquez, el Teniente de Alcalde, Justiniano Haba Haba.

A los reseñados hasta ahora, añadimos dos antiguos guardias civiles que se encontraban movilizados por los cuerpos de seguridad republicanos y que fueron asesinados en Castuera el 23 de julio de 1938, en vísperas de ser ocupada esta localidad por las tropas nacionales. Se trata de Emilio Muñoz Chaves y Gerardo Muñoz Gutiérrez.

Por último, en varias localidades encontramos también entre las víctimas de las matanzas frentepopulistas a guardias civiles retirados. Tal es el caso de la propia capital (Antonio Bravo González, 7-agosto-1936 y Pedro Rocha Macías, 8-agosto); Azuaga (Sergio Moruno Blanco, 7 ó 30-agosto-1936, Carmelo Rodríguez Durán y José Rivera Arana, 7-agosto-1936); Cabeza del Buey (Rafael Ortiz Paredes, 28-noviembre-1936); Castuera (Eldiberto Pantoja Corrochano, 12-septiembre-1936); Don Benito (Francisco Ruiz Vaca, 10-septiembre-1936); Guareña (Miguel Robles González, 11-agosto-1936); Orellana la Vieja (Hipólito Acedo Fernández, 31-octubre-1936); Puebla de Alcocer (Fernando Martín Gutiérrez, 18-agosto-1936); Villanueva de la Serena (Antonio Piriz Núñez, 2-agosto-1936 y Julián Tena Paredes, 1-septiembre-1936) y Zarza Capilla (Feliciano García Muñoz, 22-septiembre-1938). Por referirnos más detalladamente a alguno de estos casos podemos aludir al del Capitán Pantoja Corrochano, que se encontraba en Valle de la Serena en situación de supernumerario sin sueldo. Fue detenido y conducido a Castuera por no haberse incorporado a las milicias y allí sería fusilado con los demás detenidos el 12 de septiembre en las tapias del Cementerio.

En conclusión, nos encontramos con un total de 28 guardias civiles asesinados en la retaguardia frentepopulista pacense; de ellos 12 en activo, 14 retirados y dos que prestaban servicio en zona republicana. Según la investigación llevada a cabo por la Causa General, el número de guardias civiles asesinados ascendía a dieciocho (informe del 23-febrero-1944, Archivo Histórico Nacional, Causa General, 1052, Exp.2, 48), por lo que entendemos que no se contabilizó como tales a los retirados que aparecen en los estadillos remitidos por los Ayuntamientos aunque sí a algunos guardias en activo que nosotros hemos atribuido a enfrentamientos armados (como son las muertes ocurridas en Monesterio y Guareña).

Aunque las cifras no son bajas, si las comparamos con el total de víctimas podemos comprobar que la auto-denominada “Extremadura Roja” no resultó especialmente letal para la Benemérita puesto que los guardias civiles asesinados, si bien representan casi la mitad de un total de 51 pertenecientes al Ejército y cuerpos de seguridad, apenas suponen un 1,9% del total de víctimas provincial.

Ello se debe a dos circunstancias, en primer lugar a que la hora de depurar a sus enemigos en la retaguardia los milicianos extremeños preferían asesinar a hombres civiles, religiosos, estudiantes, mujeres… que enfrentarse a los miembros de un instituto armado que en su inmensa mayoría se opusieron a las iniciativas tomadas por los frentepopulistas para asegurarse el control de la provincia, especialmente el reparto indiscriminado de armas a los revolucionarios.

Y, en segundo lugar, la decisión de concentrar a los guardias en determinados puntos para así favorecer su paso a zona nacional y su abstencionismo en la colaboración con los elementos que se opusieron al avance de las columnas nacionales a partir de agosto de 1936. Esto resultó fatal para la consolidación de los núcleos leales al Alzamiento, como ocurrió en Castuera y Villanueva de la Serena, pero a la larga, salvó numerosas vidas de guardias civiles que no solamente escaparon a las represalias sino que se incorporaron a la zona nacional o bien a través de Cáceres o una vez fueron liberados.

Poder disponer de este importante y cualificado elemento humano, sin duda, fue decisivo para poder mantener el orden en la retaguardia pacense y colaborar con el esfuerzo de guerra cuando fue necesario.

Ángel David Martín Rubio

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