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Un guardia civil de baja salva la vida de un niño de cuatro años en una playa de Cullera

  • Escrito por Redacción

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El pequeño se estaba ahogando cuando el agente, que tiene un brazo inmovilizado, logró sacarlo del agua

Muchos años tendrán que pasar para que el pequeño Ahmir olvide que la inmensidad del mar esconde siempre peligros. Como tampoco olvidará el rostro de Alfonso, el guardia civil de Caravaca que el pasado sábado lo libró de una muerte segura cuando el niño, en apenas un minuto, se adentró en las aguas de la playa de Cullera y perdió el conocimiento. Lo que estaba siendo un día de recreo se convirtió en el prólogo de una tragedia.

Los hechos sucedieron en la playa de El Cordobés, donde el niño disfrutaba junto a su abuelo de un espléndido día de descanso, sin que imaginara siquiera que estaba a punto de sufrir el susto más grande de su vida. A pocos metros, el guardia civil murciano, quien se encuentra de baja tras una operación en la mano izquierda -es zurdo- también se entretenía leyendo un libro.

El agente, se percató de que el anciano advertía al nieto, que cuenta con cuatro años de edad, de que no debía meterse en el agua. En esa zona existen, a muy pocos metros de la orilla, numerosas pozas y que, en apenas un metro, la profundidad varia peligrosamente.

En un descuido del abuelo, el niño se lanzó mar adentro, perdió el equilibrio y comenzó a hundirse en uno de aquellos agujeros. Todo ocurrió, en apenas medio minuto, tiempo suficiente para que el menor perdiera el conocimiento y tragara gran cantidad de agua. Por suerte, el guardia civil se arrojó en su ayuda, aunque cuando logró sacarlo a la playa «ya estaba el pequeño morado y apenas tenía pulso», según comentaron testigos presenciales.

No resultó fácil la tarea de rescate. Pero gracias a su arrojo, sin duda, el pequeño volvería a nacer. El agente, especialista ademas de en el Seprona, en rescates marítimos, entre otras situaciones de emergencia, colocó al niño en posición lateral de seguridad y consiguió reanimarlo. Para ello, ordenó que le echaran agua fría mientras aconsejaba al abuelo que permaneciera en todo momento junto al niño para tranquilizarlo en cuanto recuperara el conocimiento. «Pero el pobre niño tenía los ojos en blanco y no reaccionaba. Hasta que, gracias a Dios, los abrió».

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