Menu
  • 01
  • 02
  • 03
  • 04
  • 05
  • 06
  • 07
logo-circulo-ahumada

hospimedicalpatrocinador

Noticias Actualidad

'Ves la cara de la persona antes de apretar el gatillo'

  • Escrito por Redacción

FRANCOTIRADOR

Hablan, por vez primera, los francotiradores españoles de la batalla de Nayaf. Llegaron a acertar a un blanco a 1.300 metros de distancia. A un francotirador iraquí lo abatieron atravesando la pared tras la que se ocultaba.

Esto no es como lo que ve el piloto de un avión, un punto en una pantalla. Le ves la cara a la persona. Y tampoco es como quien se tropieza de pronto con un enemigo armado y le dispara por pura reacción. No sólo ves la cara del otro, sino que la ves durante un tiempo antes de apretar el gatillo. Aunque sólo sea durante un segundo. Un segundo, así, te aseguro que puede llegar a hacerse muy largo".

Estas palabras, pronunciadas por un curtido tirador del Mando de Operaciones Especiales del ejército español, resuenan en una fonda de un pequeño pueblo leonés, al pie del monte Teleno. Junto a él, otros seis tiradores, el reportero y el fotógrafo se sientan en torno a una mesa para dar cuenta del almuerzo con el que los militares reponen fuerzas tras una mañana de ejercicios de tiro en el campo de instrucción situado en este singular paraje de los montes de León.

A unos 1.500 metros de altura, la temperatura en ningún momento ha subido de cero, con un viento de hasta 10 metros por segundo. Es la semana más cruda del invierno y en los días previos ha nevado a mantas por la zona. No es casualidad: para estos ejercicios se buscan a propósito condiciones extraordinarias de frío, viento o altitud. Todos estos factores, junto a otros (como la presión y la humedad) influyen a la hora de hacer puntería a largas distancias, y se busca someter a los tiradores a circunstancias especialmente adversas para que afinen al máximo sus capacidades.

No hemos comenzado la jornada con muy buen pie. A la llegada al campo de tiro, el reportero, tras serle presentados los componentes del grupo (hombres entre los veintinueve y los cuarenta y tantos, media de treinta y muchos), observa que el personal parece más bien veterano. A lo que el mayor de los siete responde: "¿Veterano? Aquí no hay nadie veterano, ninguno estuvo en el Sáhara, que yo sepa". La ironía es más que notoria. Como el oficio lo impone, el reportero sigue tratando de derretir el hielo. En un momento dado, comenta una historia que circula entre los integrantes de la misión de Irak de 2003-2004, la de unos tiradores de operaciones especiales que en abril de 2004 estuvieron en la Base Al Ándalus, de Nayaf, cuando fue atacada y rodeada por los insurgentes chiíes del Ejército del Mahdi a las órdenes del clérigo Muqtada Al Sadr [hubo decenas de muertos]. "¿En Nayaf?", responde el mismo tirador de antes. "No hubo ningún tirador nuestro en Nayaf, ¿a que no?". Al oír esto, a más de uno se le escapa una sonrisa malévola. Manifiestamente, aquí hay gato encerrado.

La mañana transcurre gélida y ventosa, mientras los tiradores practican por parejas. Una se coloca en un pequeño edificio que hay en el campo y dispara a través de una ventana. Otras buscan posiciones en peñas y taludes. Hacen fuego contra dianas situadas a una distancia de entre 400 y 800 metros. La práctica totalidad de los disparos, pese al viento, fuerte (y lo que es peor, cambiante), impacta en el blanco.

Las tres parejas que vemos ejercitarse están compuestas por el tirador y un observador; ambos pueden desempeñar indistintamente las dos funciones, pero por lo común de la observación se encarga el más experimentado: en definitiva, él es el que analiza las condiciones del disparo y quien le proporciona al tirador los parámetros para hacerlo y en su caso corregirlo. Al tirador le queda apuntar, fijar el blanco y apretar el gatillo. Se advierte la larga convivencia que hay, en algunos casos de años, entre los dos integrantes del binomio, por cómo se comunican, a veces casi sin palabras. Y cada una de las tres parejas, esto también se percibe a nada que uno observa con detenimiento, tiene su propia idiosincrasia. En lo que coinciden todos es que son tipos concienzudos, tranquilos, que nunca se precipitan. Se les nota la costumbre de analizar, sopesar y asegurar antes de actuar.

Mientras los tiradores practican, hablamos con el sargento que manda el grupo, y que nos ilustra sobre algunas peculiaridades del tiro de precisión: "Cada tirador se personaliza el fusil a su gusto, para disparar lo más cómodo posible, con suplementos en la culata, ajustando la distancia a la mira, la resistencia del gatillo, etcétera. Igual que cada uno tiene su postura". Y deshace alguno de los mitos que corren sobre el oficio y sus aspectos físicos: "Es importante controlar la respiración, pero cada uno tiene su técnica. Por ejemplo la mía es respirar dos veces, inspiración y espiración completas, y una tercera en la que suelto unos dos tercios del aire de los pulmones, no todo, para no quedarme sin oxígeno. Lo de disparar entre latidos hay quien dice que lo hace, pero no creo que marque mucha diferencia. Y es un poco difícil cuando estás en una situación de estrés, con el pulso acelerado".

Diana a 800 metros

Vemos a una de las parejas tirando a 800 metros con viento bastante fuerte, 10 metros por segundo. El blanco está tan lejos que a ojo desnudo ni es visible. Hacen blanco. Al comentarlo con el observador, éste aclara: "Esto lo hacemos en la instrucción, para probar nuestros límites, pero no lo haríamos en un tiro real. El límite de viento son ocho metros por segundo, a partir de ahí las probabilidades de fallar a esta distancia son demasiadas, y fallar, al final, quiere decir que puedes darle a quien no quieres".

En este y otros comentarios se advierte el peculiar carácter de estos soldados. En un escenario de combate, tienen el poder, siempre con arreglo a las órdenes recibidas, de seleccionar blanco y decidir un disparo que posiblemente será letal. En todo momento se muestran conscientes de la responsabilidad que eso implica, tanto de escoger con criterio como de no causar daños indebidos.

Es en el almuerzo cuando, a trancas y barrancas, podemos al fin entablar conversación, y descubrimos por qué los tiradores están tan poco receptivos a la idea de hablar con periodistas. No les gusta mucho que su oficio se ponga de moda por una película -El Francotirador- por una especie de morbo coyuntural, ni algunas de las informaciones y testimonios de otros tiradores que han circulado con ese motivo. "Es mejor no contar nada de lo que hacemos", dice uno, "no nos beneficia, nadie va a querer comprenderlo, y se dan pistas que es mejor no dar. Los americanos han contado ya demasiado de un trabajo que es mejor que quede en la sombra. En mi barrio, incluso en mi familia, no saben a qué me dedico, no voy pregonándolo por ahí".

Es entonces cuando toma la palabra el más veterano, y pronuncia las palabras que abren este reportaje. Y añade: "Cuando ves a alguien así, en la mira, tienes que estar muy convencido de que puedes dispararle, por la amenaza que supone para tus compañeros. Sólo si sientes eso, que estás protegiendo a tu gente, apuntando a alguien que es seguro que va a hacer daño, puedes dispararle. Yo tengo la conciencia tranquila, me preparo para hacer lo que tengo que hacer y para no hacer lo que no tengo que hacer. Por eso, si tengo la suerte de poder cumplir con mi deber, lo haré. Pero no nos gusta andar diciéndolo, porque nadie que sea un profesional va alardeando por ahí de las bajas que ha hecho. Quien alardea de eso no es un profesional, y probablemente, en muchos casos, ni está diciendo la verdad".

Durante la tarde continúan las prácticas hasta que el sol comienza a ponerse. El ambiente se ha relajado y podemos incluso participar de alguna de las bromas que circulan entre ellos. Por ejemplo, las que hacen a costa del más joven, al que llaman "nuestro Bradley Cooper" (como el protagonista de la película de Clint Eastwood). Y si uno se queda mirándolo, tiene un aire. Nos muestran una foto de él en la misma postura que el actor en una imagen de la película. De veras cuesta distinguirlos.

Por la noche, nos dejan compartir su cena, y en la conversación que la mesa propicia, mientras algunos despachan un contundente botillo, terminan de disolverse sus suspicacias. Incluso se sinceran sobre alguna de sus cuitas, como que están entrenados para misiones mucho más exigentes que las que normalmente desempeñan: en Afganistán, por ejemplo, nunca se han integrado en el mando de operaciones especiales de la ISAF, lo que les impide realizar allí algunas de sus funciones características. Tampoco disponen del material que desearían: los Accuracy de calibre 0.308 que han estado utilizando son buenos fusiles, muy probados, pero en el mercado los hay de otro calibre, 0.338, que permiten alcanzar 400 metros más con efectividad. Surge, en fin, la cuestión de cómo justificar su labor ante quien la ve desde fuera. Uno de ellos observa: "Si lo piensas, la alternativa a nosotros siempre es algo peor".

¿Somos nosotros?

Cuando nos despedimos, en la gélida noche de enero en Astorga (los termómetros ya van por 3,5 bajo cero, y bajando) el que por la mañana repelió el comentario sobre Nayaf se dirige al reportero y le dice: "Y en cuanto a esos tiradores de Nayaf, quién sabe, lo mismo hasta has estado hablando con alguno". Y le proporciona una pista que, le dice, a lo mejor se lo resuelve. En cuanto tiene ocasión, el reportero sigue la pista y, en efecto, lo confirma: es él, el que durante todo el día le ha negado conocer la historia, el que le ha explicado lo largo que se hace ese segundo con alguien fijo en la mira, listo para disparar, mientras uno toma la decisión de hacerlo. No hablaba en términos teóricos. Era la voz de la experiencia.

Quince días después de la jornada en el Teleno nos reencontramos con los tiradores en el cuartel donde tiene su sede el Mando de Operaciones Especiales (MOE), en Rabasa, Alicante. Allí hablamos con sus mandos, que entre otras cosas nos cuentan que cada año, de 400 aspirantes, con un mínimo de dos años de experiencia militar, sólo 20 acaban integrándose en unidades de operaciones especiales. Entre éstos, y tras varios años en la unidad, se escoge a los tiradores de precisión. Las pruebas psicológicas son tanto o más exigentes que las físicas: "Necesitamos gente muy centrada, que sea capaz de analizar, responsabilizarse y decidir de forma autónoma". En estos momentos, el MOE tiene a personal destacado en cinco misiones simultáneas (Líbano, Mali, República Centroafricana, Afganistán e Irak).

Tenemos ocasión de conversar otra vez con el tirador de Nayaf. Con él, y con su compañero de aquella ocasión, que no estaba en el grupo que fue a las prácticas en el Teleno. Aunque no resulta fácil convencerlos, ni siquiera con su capitán animándoles a hablar, accedemos, por primera vez, a los detalles de aquella misión, acaso la más exigente jamás realizada por un francotirador español (esto lo pone el reportero, en ningún momento sale de sus labios). Fueron 14 días apostados en una azotea, los tres primeros sin dormir y casi sin comer. Mientras los contratistas civiles norteamericanos, que luego se "venderían" como los más aguerridos defensores de la base, descansaban entre escaramuzas, ellos permanecieron en su puesto, día y noche: controlando los movimientos del enemigo, informando al mando, señalando blancos a la aviación y a los blindados de caballería y hostigando a los del Mahdi para que no pudieran acercarse a la base. Y algo más que hostigando.

Disparo a través de un muro

En aquella misión causaron cuatro bajas directas confirmadas: una de ellas la hicieron a 1.333 metros de distancia, y otra, el francotirador enemigo que abatió al capitán norteamericano Matthew Eddy al principio del combate, les obligó a perforar con un fusil Barrett de calibre 12.70 la pared del hospital de Nayaf donde estaba apostado. Gracias a su labor señalando blancos, la aviación estadounidense neutralizó a una veintena de insurgentes más. Vieron cosas que no olvidan, como los niños que los milicianos del Mahdi utilizaban para acarrear armamento y munición, a los que tuvieron en su mira y no les dispararon. También cómo contratistas civiles armados hacían fuego sobre una ambulancia, donde afirmaban que llegaba el enemigo, o sobre blancos que no podían identificar bien o que estaban fuera del alcance efectivo de sus armas. Hasta hoy, estos dos hombres, Arturo y Eduardo, cabo mayor y cabo primero respectivamente (en el Teleno no nos dijeron nombre ni graduación de ninguno) habían guardado para sí esta memoria, la memoria secreta de los Spanish snipers, esos casi legendarios tiradores de Nayaf a los que algunos (los pocos que en este país nada atento a estas historias indagamos las vicisitudes de la intervención militar española en Irak), buscamos durante años sin resultado. Y es que, ya lo saben: nunca hubo tiradores de operaciones especiales en Nayaf.

EL MUNDO

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Benemérita al día

Actualidad

Cultura y Sociedad

Otras Secciones

Boletín de Noticias

SUSCRÍBETE >> Recibe gratis todas las noticias en tu correo
Términos y Condiciones