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Antonio Briega, el guardia civil al que un disparo en Montalbán le cambió la vida

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Antonio Briega Rosales, (Córdoba, 1977) ingresó en la Guardia Civil en 2001. Desde 2008 tuvo como destino el puesto de La Rambla. En mayo fue condecorado con la Cruz al Mérito con distintivo Rojo, la máxima distinción en tiempos de paz durante los actos del Día de las Fuerzas Armadas, presididos por el Rey Felipe VI en Logroño. Por la impotancia humana de este artículo de ABC, lo publicamos integramente.

Su historia fue crónica de sucesos. Recibió un disparo de un maltratador que le atravesó el abdomen cuando intentaba esclarecer unas amenazas de muerte a una vecina de La Rambla. Su vida pendía de un hilo. Tres años después cuenta a ABC cómo vivió una experiencia traumática de la que ha sobrevivido y cómo se ha reinventado a través de la pintura. En la cafetería del Hotel NH Guadalquivir asegura pausado que hay que dejar a la vida que te guíe el camino. A él lo ha llevado junto a un caballete y es feliz.

Antonio dice que será guardia civil toda su vida pese a estar jubilado a sus 41 años con más de 200 perdigones alojados en el páncreas, hígado e intestinos sujetos por una malla metálica del tamaño de un palmo. La pintura es el refugio de una vida que ahora toma a sorbos, disfrutando de cada detalle como nunca antes lo había hecho. Ni rastro de odio o resentimiento en sus palabras. Este guardia civil que ha colgado el uniforme por obligación tiene la firme convicción del carácter benemérito de la Institución. «Sólo tengo palabras de agradecimiento a la Benemérita; nunca nos ha faltado nada ni a mí ni a mis hijos. Siempre me sentiré guardia civil», asegura. Antonio agradece la oportunidad que le ha dado la vida de ver crecer a sus vástagos, aunque ha dejado atrás el boxeo y el deporte.

Y en su retina tiene grabada la mañana del 8 de diciembre de 2015. A primera hora recibieron en el puesto de La Rambla un aviso de la Policía Local que informaba que un vecino de Montalbán había amenazado de muerte a su expareja. Decidieron ir a buscarlo a su casa.

«Disparó mi silueta tras la puerta»

Antonio cruzó el primero el zaguán. Llamó a la puerta de la casa de los padres del presunto maltratador. Abrió la madre. Estaba nerviosa. Antonio y su compañero se identificaron y le pidieron que saliese su «niño». La señora dijo que sí estaba allí, fue a avisarlo y cerró la puerta. «Segundos después, sentí una onda expansiva que me atravesó el cuerpo. El disparo se efectuó tras la puerta cerrada con cristalera. Yo no podía verlo pero desde el interior se veía mi silueta a contraluz. Me disparó con una escopeta de cañones recortados. Sentí que me atravesó. Pensaba que me moría. Fue una experiencia difícil», relata con serenidad. Esos segundos los recuerda porque el tiempo se paró. «Primero sentí la onda expansiva, y el sonido fue ensordecedor en un zaguán pequeño. Grité: “¡Me han disparado!”. Miré hacia abajo y vi que tenía un agujero en el abdomen», cuenta este agente que aún convive con el plomo en el cuerpo..

El maltratador era un conocido de la Guardia Civil por sus múltiples antecedentes. En ese momento, el compañero y tocayo de Antonio actuó «de la mejor manera posible», asegura. Vio que él tenía un agujero gigante, las tripas literalmente «por fuera». Él le ayudó a salir del zaguán, lo puso a cubierto en la acera, en plena plaza del pueblo en Montalbán y mantuvo a salvo a la gente que paseaba ese día por la plaza. El homicida seguía pegando tiros al aire. El compañero de Antonio vociferó, bloqueó la puerta para que no saliese el homicida. Antonio recuerda que «no perdí el conocimiento en ningún momento. En los primeros instantes no sentí dolor. La adrenalina se disparó. Sentía angustia y miedo. Pensaba que no lo iba a contar; en mis hijos y mi mujer; en quién les iba a dar la noticia, y que no quería que ocurriese. Tenía que pelear».

Antonio está orgulloso de cómo esperó y logró las fuerzas para aguantar hasta que llegó la ambulancia. De ese momento no olvida la mano de una mujer de pelo cano. Se acercó a él mientras se escuchaban más disparos. Le cogió la mano cuando estaba tendido en la acera y se puso cubriéndole el cuerpo, de escudo humano por si volvían a dispararle. «La mujer de pelo cano [como la recuerda] estuvo ahí hasta que me llevó la ambulancia. Tres meses después fui a darle las gracias. La calidad humana de la gente es inmensa», dice.

Minutos después, el dolor se tornó insoportable. Por fin la ambulancia llegó y con ella la morfina. Aún ahí no perdió la conciencia y escuchó al conductor de la ambulancia decir: «¡Vámonos a Montilla porque este chico no llega a Córdoba!». «La decisión fue acertada, si no yo no estaría aquí. No me quedaban más de 15 minutos de vida», cuenta. Pese a todo, el guardia civil Briega tiene claro que volvería a cruzar ese zaguán y llamar a la puerta.

Su pincel ilustra «Vivencias UCI»

La vuelta a caminar para Antonio Briega comenzó un 31 de diciembre de 2015, después de casi un mes en la UCI y tras dos semanas en planta porque ya había conseguido las fuerzas mínimas para mantenerse en pie. Su padre le empujaba para poder subir hasta la tercera planta de su piso de Fátima. Perdió 18 kilos. En una de las salidas a la calle le dijo a su mujer que quería pintar. Siempre le había gustado pero no le dedicaba tiempo. Era el momento, pensó. Llegó a una galería de arte, y la vida le puso frente al maestro Fernando Herrera. Desde entonces, su sueño es pintar y crear una obra con buena crítica. La pintura le ha servido para sentirse bien y de vía de expresión tras un shock postraumático. Una de sus obras «El hornillo» homenajea a los que fueron sus dos compañeros en el puesto de La Rambla desde 2008. Ahora ilustra la portada de un libro del SAS con relatos cortos sobre «Vivencias en la UCI».

FUENTE: https://sevilla.abc.es/andalucia/cordoba/sevi-antonio-briega-relata-abc-cordoba-disparo-maltratador-montalban-cambio-vida-201811250910_noticia.html


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