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La tragedia del héroe de los Últimos de Filipinas a cuyo hijo ejecutaron milicianos republicanos con 17 años

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Hace una semana se inauguró un monumento situado en el madrileño barrio de Chamberí dedicado a las últimas tropas de España que resistieron en Filipinas, los soldados conocidos históricamente como los últimos de Filipinas. El monumento, que mide más de seis metros de altura y pesa más de una tonelada, está integrado dentro de las actividades y homenajes por el 120 aniversario de este hecho histórico.

El sitio de Baler, que toma el nombre del pueblo filipino de Baler, en la isla de Luzón, tuvo lugar del 1 de julio de 1898 al 2 de junio de 1899 y en él un pequeño estacamento español fue asediado por insurrectos filipinos en la iglesia de la localidad. Los últimos de Filipinas fueron un grupo de 55 militares y tres religiosos que resistió aislado en la iglesia de San Luis de Tolosa hasta que se rindieron tras descubrir que España ya había perdido la guerra con Estados Unidos. Durante 337 días, el lugar se convirtió en la embajada, cuartel, comedor y baño de estos soldados y varios frailes, cuando no en la tumba de muchos.

LOS 33 SUPERVIVIENTES

Del grupo original sobrevivieron solo 33 personas, entre ellos el teniente Saturnino Martín Cerezo, que asumió el mando del destacamento tras la muerte del capitán Enrique de las Morena y del teniente Alonso Zayas. Este humilde militar de Miajadas (Cáceres) tardó mucho tiempo en comprender que del Imperio español ya no quedaban ni las ruinas y que, efectivamente, quienes le reclamaban desde el exterior que rindiera la iglesia eran oficiales del Ejército español.

En la primavera de 1899, un alto mando español, Cristóbal Aguilar y Castañeda, llegó a conversar personalmente con Martín Cerezo, que escuchó las explicaciones del oficial desde el interior de la iglesia. Para demostrarle que la guerra había terminado, el teniente coronel le mostró varios periódicos, pese a lo cual los defensores siguió sin creer en una derrota tan vil. Aguilar justificaría su fracaso en su informe oficial porque había «tropezado con una obstinación jamás vista o con un espíritu perturbado».

El día anterior a su definitiva rendición, Martín Cerezo se preparó para una salida casi suicida hacia Manila que pospuso en el último momento. En víspera de la marcha se convenció, hojeando otra vez la prensa, de que la derrota era cierta. Una sencilla noticia terminó de convencerle: el periódico informaba de que un oficial amigo suyo pasaba a ser destinado a Málaga.

Para el 2 de junio de 1899, ya habían depuesto las armas los 33 supervivientes tras casi un año de zumbidos de balas, enfermedades, hambre y una guerra psicológica que incluyó toda suerte de insultos y humillaciones. Desde Manila fueron repatriados a Barcelona, donde se les recibió como a héroes. La prensa hizo borrón y cuenta nueva ante las insinuaciones de que más que héroes debían ser amotinados y, en un fariseo giro del guion, comparó a los defensores de Baler con los de Numancia, Sagunto, Zaragoza o Gerona. Los elogios no faltaron entonces para aquellos héroes ojerosos y famélicos.

¿Pero qué fue de Martín Cerezo, el hombre que mantuvo el sitio hasta casi sus últimas consecuencias? En su libro «Los últimos de Filipinas» (Actas, 2016), Miguel Leiva y Miguel López de la Asunción analizan de forma detallada qué fue de los supervivientes de aquel mal trago. En el caso del teniente extremeño estableció su residencia en Miajadas, donde sus paisanos le recibieron de forma calurosa. Le regalaron un sable, pusieron su nombre a la calle donde nació y colocaron una placa en la fachada de su casa natal por su sacrificio. Los ayuntamientos de Cáceres y Trujillo le nombraron hijo adoptivo.

Se le concedieron dos ascensos por la defensa de Baler y quedó agregado con el empleo de capitán en situación de reserva al Regimiento de Infantería de Cáceres Nº 96. Poco después, se le concedería la Cruz de segunda clase de la Real y Militar Orden de San Fernando, acompañado de una pensión de 1.000 pesetas anuales. Hacia el año 1902 se estableció en Madrid y allí se casó con Felicia Bordallo de la Oliva, hija de un coronel jubilado también de origen extremeño. La familia de Martín Cerezo se afincó en la calle Fuencarral número 98 y del matrimonio nacieron cuatro hijos.

EL ASESINATO DEL HIJO DE MARTÍN CEREZO

El héroe plasmó sus recuerdos en 1904 en el libro «El sitio de Baler. Notas y recuerdos», que con los años se convirtió en una obra de referencia en las academias militares de España y de EE.UU. La Laureada le permitió vivir de forma acomodada con la pensión y, además, le otorgó en teoría el privilegio de ascender de forma automática cuando ascendiera el militar que ocupara el siguiente lugar en el escalafón. Esto hizo que alcanzara los empleos de comandante en marzo de 1909, teniente coronel el 24 de mayo de 1912, coronel el 7 de noviembre de 1917 y, finalmente, a sus 64 años, el de general de reserva en 1930.

Los obtuvo, sí, pero no sin luchar antes administrativamente por cada uno de estos ascensos. Martín Cerezo, que acudió incluso al Tribunal Supremo, pleiteó en busca de ascensos y que se cumplieran las promesas lanzadas al viento también para sus compañeros y los familiares de los caídos en Baler. En un escrito al Congreso denunció el «ridículo regateo con los que a España dieron gloria». En otra ocasión, ante la oposición del Ministerio de la Guerra a la propuesta parlamentaria para concederles una pensión anual vitalicia de 5.000 pesetas a los dos oficiales y al médico de Baler, se plantó en persona a ver a Alfonso XIII, para pedirle que intercediera. Según su testimonio, el Rey comenzó «a reírse a carcajadas», de modo que decidió no volver a palacio.

Como explican Miguel Leiva y Miguel López de la Asunción en su libro «Los últimos de Filipinas» (Actas, 2016), su idílica vida familiar se truncó al estallido de la Guerra Civil. El 18 de noviembre de 1936, un grupo de milicianos se llevaron preso al más pequeño de sus hijos, Saturnino, al que le faltaban diez días para cumplir la mayoría de edad. El joven fue asesinado por la checa de Paracuellos de Jarama, donde sus restos fueron enterrados de mala manera.

Aquella ejecución marcó los últimos años del veterano héroe de Baler. Cuando estaba cerca de cumplir 80 años, un deprimido Martín Cerezo falleció en Madrid el 2 de diciembre de 1945. Sus restos fueron trasladados con honores en un armón de artillería al cementerio de Santa María. Hoy, reposa en el mausoleo de los héroes de Cuba y Filipinas del cementerio de la Almudena de Madrid.


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