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HOMENAJE A LA GUARDIA CIVIL.

homenaje a la guardia civil

Hoy estamos de aniversario. Hace 175 años que nuestra querida Benemérita empezó su andadura.

Años de sacrificio, noches en vela, pasando frío a la intemperie y días abrasados por el sol del mediodía. 24 horas, sin tregua al servicio de los ciudadanos.

Todos los que formamos parte de ella sabemos más que nadie, la realidad de su día a día.

Yo soy hija de uno de sus componentes, de un Guardia Civil abnegado y honrado, hasta máximos inconcebibles. Como todos sus compañeros.

Nací en una época, en la que lo común era hacerlo en nuestra propia casa. Los hospitales por entonces quedaban lejos del alcance de muchos. La distancia de los pueblos rurales a las capitales era larga y de difícil acceso por la escasez de medios motorizados.

Una matrona sin título asistía los partos, sabiendo como empezaban pero nunca como acababan. El índice de mortalidad era considerable, eran tiempos difíciles para todos.

Mi casa por entonces no solo era mía, ni de mis padres, era mucho más que eso. Yo nací allí, en mi casa, la Casa Cuartel. La de todos los guardias destinados a ese puesto. Allí convivíamos como una gran familia, sus mujeres y sus hijos, todos hermanados sin parentesco alguno.

Compartiendo experiencias idénticas: miedos, preocupaciones, alegrías y festejos, juntos, en una rutina que allí no lo era.

Cada día, era extraordinario por muchas razones, una de ellas era la diversidad de caracteres de cada uno. Nacidos en diferentes lugares de España: extremeños, castellanos, valencianos, gallegos, andaluces, etc... todos unían esfuerzo para potenciar el compañerismo entre ellos y adaptarse a los diferentes pueblos de destino:

Muchos... a lo largo de sus vidas.

Un hijo en cada uno de ellos, a veces con suerte dos, o todos. Los niños también como hermanos, aunque no compartiéramos el mismo padre.

Mi vida en ellos marcó mi manera de ser para siempre, altruista, generosa, abriendo mi corazón a la gente, como aquellas puertas de los pabellones que nunca se cerraban.

Juegos en los patios, escondites en los pasillos largos y oscuros, miradas recelosas de algún delincuente que otro, con los que también compartíamos el mismo techo: el calabozo, una estancia más de nuestra casa cuartel.

175 años... muchos años, ensalzando su primer divisa, elevar su honor a lo más alto.

Haciéndolo brillar como su correaje, limpio e impoluto, preparado siempre para pasar una revista inesperada.

Recuerdo mis enfados, cuando jamás pude ir de su mano. La mano de mi padre, nunca pude pasear agarrada a ella. Su uniforme era su piel, siempre embutido en él, señalando lo que era. Ni en sus días de permiso se lo podía quitar. Nunca entendí esa prohibición. Tanto mi madre como sus hijos debíamos ir detrás de él, nunca cogidos de sus brazos.

Hoy añoro aquellos años, idealizados seguramente por la mente de una niña muy querida.

Mi padre con su uniforme verde no pudo darme la mano, pero me dio tanto cariño que sigo abrazada a su cuerpo uniformado, aunque ya no esté conmigo.

Hoy es un Ángel verde que me abraza eternamente

Viva la Guardia Civil

M. Pilar Illana Herraiz


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