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LA LIBERTAD Y LOS PRINCIPIOS MORALES

hervas

Hace muchos años (unos 170), el vizconde de Tocqueville decía: “me siento inclinado a creer que si la fe (de un hombre) es defectuosa, éste debe estar sometido; y si es creyente, es libre… Cuando la religión de un pueblo es destruida, la duda adquiere tal fuerza que paraliza parcialmente el resto del intelecto. Tal situación no puede sino enervar el alma, relajar las fuentes de la voluntad y preparar a la gente para la servidumbre. Cuando ya no existe un principio religioso de autoridad, aparte del político, el hombre se va rápidamente asustando por la apariencia de su ilimitada independencia. El despotismo puede gobernar sin fe pero no así la libertad. La religión es mucho más importante en la república democrática que en cualquier otra. ¿Cómo es posible que una sociedad pueda escapar de la destrucción si su vínculo moral no es reforzado en proporción al relajamiento del vínculo político?”

                Alexis de Tocqueville nace el 29 de julio de 1805 en Verneuil-sur-Seine (Île de France) y muere en Cannes el 16 de abril de 1859. Fue un pensador, jurista, político e historiador francés, bisnieto de Malesherbes, contrario a la revolución de Robespierre (que si no se muere, guillotina a su madre) y partidario de la 2ª república, donde ejerció como Ministro de Asuntos Exteriores durante unos meses, en 1848. Cuando era juez de Versalles, le comisionaron para estudiar el sistema penitenciario norteamericano y su posible aplicación en Francia, para lo que viajó a los Estados Unidos de América, del 11 de mayo de 1831 al 20 de febrero de 1832 (nueve meses). La visita le impactó tanto, que escribió dos grandes obras: una de ellas sobre el sistema penitenciario, tal como era su objetivo oficial y otra – la mejor – sobre la democracia en América, que desde entonces se ha convertido en libro de cabecera de todos los políticos norteamericanos.

                Las principales obras de Tocqueville son: “Del sistema penitenciario de los Estados Unidos y de su aplicación en Francia” (1833), “De la democracia en América” (vol 1, 1835, vol. 2 1840), “Quince días en el desierto” (1840) y “El antiguo Régimen y la Revolución” (1856). Ingresó en la Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1838 y en la Academia Francesa en 1841.

                Tal vez su gran defensa de la religión no sea debidamente entendida. No obstante, no defiende todas las religiones. De hecho, considera al Islam como una religión dañina para el hombre. Dice que al Corán le sobran las máximas políticas, las leyes civiles y penales y las teorías acerca de las ciencias, pero que si se le quita eso, el cuerpo de doctrinas religiosas de la obra, queda muy disminuido, con un valor ínfimo. Es precisamente el Corán lo que impide que los países islámicos puedan llegar a ser democracias. Esto, la democracia, jamás sucederá con los preceptos contenidos en las suras hoy vigentes, si es que no se añaden otras nuevas, más en sintonía con la vida en la tierra, sustituyendo a sus conceptos políticos anticuados y nocivos.

                El agnosticismo y el Islam se dan la mano en un punto: resulta – según Tocqueville – más fácil para el mundo aceptar una mentira simple que una verdad compleja. Es lo mismo que fray Guillermo de Occam decía en el siglo XIV: “pluralitas non est ponenda sine necesitate”. Esto lo apoya, sin duda, Albert Einstein cuando afirma que “las cosas han de explicarse lo más sencillamente posible, pero no más”.

                ¿Es la eficacia hija de la libertad o no? Platón, en la República y en las leyes, así como en escritos posteriores sostiene que para prevenir el vicio y la avaricia es necesario abolir la propiedad privada. Solamente cuando no exista tal, podrá tener lugar el gobierno de la aristocracia, entendida como el gobierno de los más capaces y no de los más ricos o los de sangre azul. Esto promocionaría la virtud en los pueblos. La realidad es tozuda y se opone a Platón, puesto que la igualación en la pobreza conduce a la desidia y – posiblemente – a ese vicio que se desea evitar. Que se lo pregunten a los antiguos países comunistas.

                Pero no es Platón el único “antipropiedad” del mundo. Traigamos aquí las ideas de Tomás Moro, quien en su “Utopía” (1517) condena la propiedad privada. Pero incluso posteriormente, otros pensadores como James Harrington (“Commonwealth of Oceana”, 1656) propugnan una indispensable equiparación en la riqueza de los hombrea para que una sociedad sea viable políticamente. Montesquieu (“El espíritu de las leyes”, 1748) considera que solo el balance de la propiedad determina el balance del poder.

                Tocqueville está de acuerdo en que el balance de la propiedad condiciona el balance del poder político, pero concluye de manera radicalmente distinta a sus predecesores. Piensa El vizconde de Tocqueville que para alcanzar esa igualdad en el bienestar se ha de partir de la libertad y que dicha libertad se fundamenta en las convicciones morales del individuo. La otra forma de igualar, bajo imposición, solo conduce a la miseria y a la tiranía. Y es que… si no hay principios morales que alimenten nuestras convicciones, el egoísmo es la salida natural del hombre, lo que requiere su opresión para impedir que dañe a otros hombres.

                Esto se refleja también en el cine. Por ejemplo, en la película de Frank Capra titulada “Caballero sin espada” (Mr. Smith goes to Washington), con Jimmy Stewart, o en “¡Qué bello es vivir!”, también del palermitano Capra (nacido en Sicilia en 1897 y nacionalizado norteamericano) y de su actor favorito Stewart.

                La libertad es hija de los principios morales – tal vez no tanto de las religiones, necesariamente – y sin ellos, todo proyecto político carece de apoyo duradero, se convierte en efímero y acaba fracasando. Esa es la gran aportación de Tocqueville a nuestra cultura política. Han pasado casi dos siglos y su “Democracia en América” sigue siendo de rabiosa actualidad.

                Si cultivamos los principios morales, cultivamos todo: la solidaridad, la fortaleza, la libertad – sobre todo – e incluso el conocimiento. Tal vez le falten a nuestros centros educativos de la infancia educadores morales. Pero igualmente, falta sentido moral a las familias. El matrimonio, base de la familia, es algo que no ha de tomarse a chirigota (ahora me junto, ahora me desjunto). No puede pretenderse que uniones apócrifas (homosexuales, folclórico-sexuales espurias, etc.) sean consideradas matrimonios y mucho menos familias. No se puede considerar libertad a la expresión del vicio o de la estupidez, no se debe apoyar la “utopía de la utopía”. Sería absurdo. Así es imposible que los niños lleguen a ser libres, como decía Tocqueville, en esos simulacros de familias.

                Los médicos debemos tener sólidos principios morales que nos permitan un ejercicio libre, para no caer en los dictados políticos de turno. El juramento hipocrático es una magnífica constitución de principios morales para los médicos. Tengámoslo siempre presente en nuestras actuaciones. Son esos principios morales quienes prestigian al médico ante la sociedad, quienes le pueden devolver el cariño de los pacientes, quienes le hacen libre. No podemos dedicarnos a temas de moralidad confusa o incluso inmorales: aborto, hibridaciones de células humanas con células de otra especie animal, manipulaciones genéticas para mejorar una raza determinada frente a otras, estafas de muy diverso tipo (las más de ellas disfrazadas de estética o dietas milagrosas), ensayos clínicos no reglados, acuerdos corporativos o con empresas en razón de lucro personal y tantas cosas, que mejor olvidamos. Todos sabemos sobradamente lo que está bien y mal. En caso de duda, ver el juramento hipocrático y el código penal.

                Pero quien más necesita leer a Tocqueville son los políticos. Ahora tienen tiempo, antes de las futuras elecciones generales. Yo creo que no les vendría mal hacer cursillos y seminarios al respecto. Que todo aquel que quiera presentarse a una elección, acredite haber efectuado un cursillo sobre principios morales. No estaría de más. Sería algo así como la acreditación docente. Los docentes han de acreditar su capacidad, al igual que los restantes profesionales, a los que se les exige una titulación para poder ejercer. ¿Qué los políticos son amateurs…? Bueno, de acuerdo… ¿entonces por qué cobran?

                No seamos hipócritas. No puede ser que cualquier mindungui pueda tomar decisiones que afecten a los restantes ciudadanos. Aunque no sea más que por respeto y decencia, hay que prepararse para ser político. Si tal cosa no se hace, vienen los problemas de las recalificaciones de terrenos, el frenesí constructor, la destrucción de la naturaleza, las obras salvajes, con cientos de accidentes laborales por falta de control, con muertos, heridos graves y minusválidos resultantes. Si a mí me matan un familiar, por mucha justificación de bien posterior que haya, no voy a parar hasta encarcelar al munícipe responsable de tal fechoría, puesto que ni soy el príncipe de Maquiavelo ni me creo que el fin justifique los medios.

                Y si quien está preparado comete un desliz, el sistema jurídico debe poseer la suficiente agilidad como para encarcelarlo directamente y cesarlo en su función más directamente aún.

                Todo ello porque quiero recuperar esa libertad que poco a poco me van quitando. Puede que sin querer – no lo dudo – pero el hecho es que me la quitan poco a poco.

Francisco Hervás Maldonado

Coronel Médico (r)

Doctor Honoris Causa por la Global Organization for Excellence in Health

Excellence in Health Care Prize


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